miércoles, 20 de febrero de 2013

Coruscant, por fin.

Salimos del hiperespacio en la órbita de Corsucant. El concurrido tráfico atmosférico es algo impresionante la primera vez que uno lo ve. El resto de veces es más un fastidio para el piloto que otra cosa. Walk no tardó en quejarse de los cruces de naves, cazas, lanzaderas y demás. 

- A mí no me mires. Es lo que habéis querido - le recriminé cuando comenzó a lamentarse. 

Eran mis primeras palabras desde que aceptase que mi nave, ¡mi nave! se dirigía sin remedio a Coruscant. Había pensado sobre todo aquello. Si confiaba en mi tripulación no había nada de que preocuparse. Si no confiaba en ellos, de nada serviría preocuparse tampoco... Conozco las rutinas de entrada a Coruscant. El centro del Imperio lo es por algo. Controles de todo tipo, inspecciones realizadas por lanzaderas imperiales y esperas incomprensibles. Sin embargo, en aquella ocasión nada de eso estaba ocurriendo.


Kate, una vez recuperada de su pérdida de consciencia, llegó con Lans. Las oí cuchichear entre ellas, como si ocultasen algo (otra vez). Miré a la órbita del planeta, el mismo del que había escapado más de una vez perseguido por cazas imperiales. Eso me había costado más de una falsificación de bastidor y de papeles de propiedad de la nave. En cómputo, lo comido por lo servido. Casi todas las ganancias del contrabando en Coruscant se iban en tapar el contrabando en Coruscant... Mal negocio, sin duda, pero en aquella ocasión no debía temer represalia alguna por mercancías ilegales.

La nave se adentró en la atmósfera, sorteó unas cuantas lanzaderas y aerotaxis, y se dirigió a una pequeña plataforma. Tuvimos suerte de no chocar contra unas motos swoop que participaban en una carrera ilegal, pero Walk estuvo atento. 


Finalmente, el descenso de la Valley fue suave, tan placentero que casi me hizo olvidar mi enfado. La rampa de desplegó, y bajamos de la nave.


- ¿Y ahora qué?- pregunté con desdén.
- Espera y verás- me contestó Kate.

Se abrió la puerta del acceso al edificio del hangar y apareció ella. Era Galta. Por fin, una cara que no había visto en mucho tiempo. Era como si hubiese regresado entre los muertos, pues en verdad creía que la había perdido. Se acercó a mí con una sonrisa en la cara.

- Rick, estúpido desconfiado- siempre me decía eso al verme. Lo que no me esperaba fue la bofetada que me dio a continuación.
- Pero ¿Qué...?- me quejé.
- Eso por dejar inconsciente a mi hermana- me replicó Galta.
- ¿Tu hermana?- pregunté tan extrañado como dolorido.