jueves, 14 de febrero de 2013

Rumbo a la guerra

El grupo de elfos pronto me acogió. Las razones de mi presencia en las tierras cercanas a Umbar, aunque extraña para ellos y oculta deliberadamente por mí, no era ni mucho menos de su incumbencia. Al menos eso es lo que me dijo Eäredhel tras dirigirme unas sentidas palabras sobre la muerte de mi hermano.

Mi rumbo, una vez más, cambiaba. Aquel grupo viajaba hacia las entrañas de Harad. Y allí me dispondría yo a ir. La guerra llamaba, en una batalla que se desarrollaría sin pena ni gloria, pues pocos han reparado en ella y casi nadie plasmó nuestros logros en la tinta de los pergaminos. Lo mucho o poco que se conserva de aquel enfrentamiento son estas pocas palabras, estos escasos detalles que he conseguido extraer de mi cansada memoria. Hoy no os contaré el resultado de la lucha, sino el camino por las duras tierras que recorríamos.


El grupo avanzó con presteza, al menos toda la que permitía el duro clima al sur de Mordor. La presencia de esa negra tierra, amenazante a nuestra izquierda, angustiaba nuestros corazones. Sin embargo, los primeros nacidos estamos hechos de una pasta diferente a la de los hombres. El temor quedó largo tiempo atrás olvidado, como si la maldad en la Tierra Media no pudiera ser mayor que la vivida en la Nirnaeth Arnoediad, y nada ni nadie debería detener nuestros pasos.


De repente, en la lejanía comenzamos a vislumbrar una gran tropa. Allí estaban, recorriendo el desierto bajo un sol de justicia más hombres haradrim de los que había visto en mi vida. Su oscurecida tez les protegía de los violentos rayos de sol. Y allí, a lomos de esas terribles bestias de guerra llamadas Mûmakil, avanzaban hacia el interior de Harad.

- El enemigo se refuerza, pero nosotros no seremos pocos- dijo Eäredhel.

Miré a mi espalda, y donde antes no había sino arena, cientos de elfos en blancos caballos custodiaban nuestra retaguardia. Tiempo después supe como habían llegado hasta allí tantos hijos de Rivendel, pero esa es otra historia.