miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mi última visita al poney pisador

Proseguí mi camino hacia el Oeste, observando los últimos coletazos de la Guerra del Anillo. Aquí y allá mucha gente me miraba con desconfianza, como si un elfo fuera un peligro después de lo que había azotado a la Tierra Media. En otras ocasiones, tan pronto como me veían aparecer, muchos pensaban que estaba huyendo de los orcos. Nada estaba más lejos de la realidad, pues la gran batalla en la Puerta Negra había permitido al portador del anillo concluir su misión.

Proseguí hasta las inmediaciones de Bree. Aquella siempre me pareció una ciudad hostil. Todavía hoy, en la calma de las Tierras Imperecederas, me estremece recordar a algunos sujetos que me encontré en sus calles: gentes de mal vivir, pillos, ladronzuelos, pero también hobbits viajeros y, en el mejor de los casos, algún elfo que buscaba el Oeste.

Cuando llegué aquella última vez al Poney Pisador me invadió una extraña sensación. Por un momento sentí tristeza por no ver más a Mantecona. El tabernero había envejecido en demasía, incluso para vuestra humana mortalidad. No me reconoció, no porque yo no hubiera estado allí antes, sino porque su memoria empezaba a fallar. Me senté en un rincón y pedí una jarra de vino especiado.


La gente entraba y salía montando jaleo. Al parecer estaban comentando cómo los hobbits habían expulsado el mal de sus propias tierras. Incluso, se hablaba de la muerte del mismo Saruman a manos de su más estrecho secuaz. Presté atención a cada detalle de la posada, tratando de atesorarlo en mi memoria. Sabía que eran mis últimos momentos allí, y no tardé en reparar en cuatro hobbits que parecían celebrar el próximo matrimonio de uno de ellos.

Apuré mi jarra de vino y pedí una habitación a Mantecona, que sólo entonces pareció acordarse de mí y de mis gustos. 

- ¡Ah! La habitación de la ventana que da al Oeste, ¿no? Creo que ha tenido suerte, ¿señor...?
- Filadut- le respondí. Acto seguido subí las escaleras y llegué a la habitación. Al contrario que Mantecona, no había cambiado un ápice.