viernes, 16 de noviembre de 2012

Mi marcha de Umbar

Umbar tenía poco o nada que ofrecerme tras mis últimas averiguaciones. El muchacho al que buscaba no había sido retenido contra su voluntad, y mi conciencia me indicaba que lo mejor era dejar estar esa situación.  

Me tapé el rostro con mi capucha para ocultar mis rasgos. Nuevamente, pertenecer al pueblo de los primeros nacidos, aquellos que despertaron en Cuiviénen, tenía sus desventajas. Es una máxima que siempre ha estado presente en mi vida, sobre todo en tierras tan cercanas a la sombra de Mordor. La sombra de Mordor. Notaba la oscura presencia del mal no muy lejos de allí. Rápidamente asocié esa idea a Gondor. Unidos por la cercanía de Minas Morgul y de Osgiliath, los nombres de Mordor y Gondor han ido siempre de la mano. Tal vez fuese buen momento para visitar nuevamente el país de piedra. Sólo tenía que pensar en cómo llegar allí, y emprender el viaje lo antes posible. 


Alcé la vista al cielo. A juzgar por la posición de la luna la ciudad dormiría unas cuantas horas más. Aquello era un arma de doble filo. Por un lado, nadie notaría mi marcha hacia el norte, por lo que no haría falta que me ocultase. Por otro, necesitaba algún medio de transporte para marcharme, pero no podría lograr ninguno hasta el amanecer. Al menos, no de modo legal. 

Me acerqué a un establo. Silenciosamente abrí la puerta del mismo, confiando en que no chirriase. Craso error. El sonido de la madera habría despertado a un muerto, y el dueño de la casa no era una excepción... El tiempo corría en mi contra, pero rápidamente encontré lo que buscaba: un caballo de buena apariencia. Tranquilicé a la bestia y huí antes de que el dueño del establo pudiera alcanzarme. 


En pocos minutos estaba fuera de Umbar. Quedaba un largo camino hasta Gondor, y entre mí y la ciudad blanca quedaban muchas ciudades: Marös, Barazôn o Bur Baklin eran pequeños puntos en el norte, pero pronto llegaría a ellos. Pero eso, amigos, es otra historia.