lunes, 17 de diciembre de 2012

Tierra de orcos

Mi caballo relinchó de manera estruendosa. Bajo el intenso sol de la mañana, la bestia parecía decir basta. A juzgar por su ritmo, cada vez más pausado y dubitativo, el esfuerzo de más de seis horas trotando había sido excesivo. Pensé durante unos minutos qué podía hacer. Dejar el caballo a un lado e ir a pie parecía una locura. El clima en esa zona de la Tierra Media no lo aconsejaba. Sin embargo, no quedaba muy distante la ciudad más cercana. 


Bajé del caballo, y compartí con él mi odre de agua. El animal hubiera querido beberse todo el contenido. Sin embargo, aquello sólo habría demorado su marcha en espera de más líquido. Relajé al equino acariciando su crin, y le forcé a seguir la marcha a paso lento, aunque esta vez yo iba caminando para aliviar a la bestia.

Fue una suerte para mí no ir galopando como lo había hecho hasta el momento. Si hubiese seguido el ritmo previo sin más, no habría visto una horda de orcos aproximarse a una de las pocas granjas que estaban perdidas en la inmensidad de aquellas tierras. Varios hombres salían a su encuentro, tratando de luchar en vano por sus vidas.

- ¡Yrch! - grité en mi lengua materna mientras desenvainaba mi espada. 

Al principio me sorprendí de que allí, a plena luz del día, un grupo de orcos campase a sus anchas. Sin embargo, rápidamente levanté la vista y aprecié por qué no temían al sol. En el grupo, de menor talla y en la retaguardia, estaba un chamán orco arrojando un hechizo de oscuridad sobre el grupo. Observé la situación y ataqué sin vacilar. La negrura se hizo a mi alrededor, y sabe Eru que aquella mañana parecía la más oscura de las noches de Mordor. El resultado de la batalla, sin embargo, es otra historia.