Antes de abandonar la Tierra Media, mucho antes a decir verdad, afronté varias misiones ordenadas por mi rey. Hoy, volviendo la vista atrás una vez más, comienzo el relato de una de esas campañas que me hizo adentrarme en el bosque de Fangorn.
Corría el año, bueno, no sé muy bien qué año corría de la Tercera Edad. Mi memoria, aunque de elfo, también puede fallar de vez en cuando. Permitidme esa pequeña licencia después de todos los relatos que os he contado. Lo que sí os puedo asegurar es que aquellos eran tiempos previos a la Guerra del Anillo, muy distintos a los que asolaron la Tierra Media.
La compañía de la que formaba parte contaba con no menos de 50 de mis hermanos del Bosque Negro. Arqueros, batidores, lanceros y combatientes cuerpo a cuerpo era un grupo suficientemente heterogeneo para afrontar cualquier peligro que se presentase en el camino. A pesar de ello, la maldad que enfrentamos aquel día requería de toda nuestra valentía.
- ¡Huargos! - gritó uno de los batidores que se habían adelantado para reconocer el terreno que se abría centenares de metros más adelante.
El grupo formó rápidamente para repeler a los huargos. Los lanceros se pusieron al frente mientras que los arqueros, entre los que me incluía, nos situamos atrás tensando los arcos.
La tensión fue incrementándose a medida que el ruido de los huargos de acercaba con el viento. Ese viento trajo un hedor insoportable y reconocible.
- ¡Yrch! - gritamos al unísono varios de los arqueros. Nuestro grito se ahogó con el ruido de las fechas cortando el cielo.

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