sábado, 6 de agosto de 2011

Sangre de orco

Tras nuestros pasos quedaron cientos de metros de oscuras grutas y antiguos recovecos. Allí donde deteníamos nuestra vista, observábamos con preocupación la oscura mano del mal. La forma en que la roca estaba excavada en nada se parecía a las cavernas de mi rey, ni a lo contado en los relatos que a mí llegaron sobre Menegroth. En aquel nido de orcos, la roca rezumaba maldad, y cada paso era una acercamiento más a la oscuridad en sí misma. Notaba la presencia de mis congéneres, aunque sus pasos eran tan livianos que nada ni nadie nos podía oír avanzar en medio de aquella negrura. Afortunadamente, nuestros ojos de elfo nos permitían ver con cierta claridad, aunque si hubiéramos visto con total precisión, he de reconocer que tal vez no hubiéramos avanzado tanto como en aquel día.

No podría decir las horas que pasaron en aquel camino cuesta abajao, hacia el corazón mismo de la Tierra Media, pero bien puedo decir que al menos caminamos durante la cuarta parte de un día sin toparnos con nada ni nadie. Aún así, el olor a orco impregnaba las cuevas, y bien puedo decir que no me explicaba cómo no nos habíamos topado con ninguna de esas  malignas criaturas.

De repente, todo cambió. Un resplandor se hizo en una gran galería a la que acabábamos de llegar, pero lejos de arrojar claridad al lugar, inundó el  mismo en tinieblas. Ni mis ojos de elfo eran capaces de ver allí. Fue entonces cuando, desconcertado, noté una cercana presencia. Más por instinto que por cordura o por dominio de la situación, descargué mi espada con arrojo. Herí de muerte, pero todavía no sabía si había matado a un ser vil, o a uno de mis congéneres. No me habría perdonado caer en un error del mismo calado que los cometidos en la época de los Silmarils, pero afortunadamente pronto me llegaron con claridad los rasgos de aquella criatura. Se trataba de un orco, y cuando recuperé la cordura ví, ahora claramente, a mi grupo rodeado por decenas de esos seres.


Mi instintó de guerrero guió mi espada. A diestra y a siniestra atacaba con ella, pues la vida me iba en esa tarea. Ahora arriba, ahora abajo, paso al frente, a un lado. Detuve un golpe de la cimitarra de un orco cuando estaba a punto de golpear mi armadura de cuero endurecido. Noté vacilar a la criatura, justo antes de que pusiera fin a su existencia con  una daga que hundí con mi mano izquierda en su carne. Traté de recuperar la daga del cadáver del orco, pero pronto mis prioridades cambiaron al verme atacado por otra de esas criaturas. Rectifiqué mi posición, y golpeé la pierna de la bestia.  

La lucha continuó, pero no sé todavía cómo sobrevivimos tantos de nosotros, mi hermano Genodat incluido, ante aquella trampa mortal. Cuando terminó la batalla, el olor a sangre de orco era tan profundo que ya no podría olvidarlo en el resto de mi vida. Todavía quedaba mucho para que llegásemos a la profundidad de aquel lugar, por lo que no habíamos hecho nada más que empezar. Al menos nos tranquilizaba que ninguno de nosotros hubiera caído bajo aquel extraño veneno que nos condujo a investigar qué se escondía en nuestro bosque. Por mi parte, yo tenía otras preocupaciones más mundanas, provocadas sin duda por mi juventud. No podía dejar de pensar que había perdido una gran daga en aquel encuentro.

4 comentarios:

Haco dijo...

Muy bueno Bindolin me encanta como escribes!! Coge mis testos de los silmarils y reescribelos q seguro q a ti te quedan mucho mejor q a mi!!

Bindôlin dijo...

Me alegro de que te guste, Haco. Lo que escribiste del Silmarilion está bien, pero siempre es complicado escribir de esa parte de la obra de Tolkien, ya que es la más farragosa de leer en mi opinión.

Un abrazo.

Ki dijo...

muy bueno, casi he setido escurrie la sangre de orco entre mis dedos :)

Bindôlin dijo...

Me alegro de que te guste, Ki. Gracias por comentar.