Corrí hacia los orcos. El éxito de mis plegarias a los valar para que mi caballo no huyese fruto del miedo se vería más tarde. Sin embargo, lo que más me importaba ahora era tratar de salvar la vida a los lugareños asediados por las inmundas bestias de Mordor.
- ¡Socorro!- escuché gritar a un hombre que estaba tendido en el suelo. Las carcajadas del orco que lo acechaba murieron ahogadas en una flecha que le atravesó la garganta. Sin embargo, yo no había armado mi arco todavía.
Desconcertado, miré a un lado y a otro.
Fue un momento después cuando me percaté de quién había atacado. Se trataba de elfos. No eran elfos de mi pueblo, sino gentes de Elrond, sin duda alguna. Allí, lejos de Rivendel, en la oscuridad de aquel día, su presencia fue como un rayo de luz que traía esperanza a aquellas gentes.
- ¡Ayuda!- gritó una mujer que trataba huir de unos orcos con su hijo en brazos. Aquella no era una buena idea, pues los orcos corren llevados por el frenesí de la batalla hasta el confín del mundo. Por fortuna para aquella mujer mi espada fue más rápida y certera que las cimitarras de los orcos que estaban más cerca de ella.
