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miércoles, 26 de febrero de 2025

Susurros de Cuiviénen

Vuelvo a vosotros para contaros no una historia de mi periplo o el de mi familia por la Tierra Media, sino para traer un relato del despertar de mi pueblo. En realidad, ni siquiera es un acontecimiento que os traslade directamente de uno de sus protagonistas, sino más bien de uno de los descendientes de éstos. Hoy me limito a trasmitir la historia del tataratatarabuelo de mi amigo Ëaredhel, que en la lengua de los hombres significa Elfo del mar.


Ëaredhel, al que conocí en la madurez de su vida, me contaba que descendía de una rama de elfos que provenía directamente de los primeros nacidos en el lago Cuiviénen, el lugar creado por el derrumbe de la lámpara Illuin donde los hijos de Ilúvatar vinimos al mundo. Jamás tuve motivos para desconfiar de la versión de mi buen amigo a pesar de las malas lenguas que decían que sostenía aquella versión de su linaje sólo para ganar notoriedad. Cualquiera que conociera a Ëaredhel como yo lo hice, sabría ver la falsedad de tales acusaciones, ya que pocos elfos había tan desapegados a los aires de grandeza como él. De hecho, a menudo renegaba del pasado de nuestra raza, pues fue en aquellos oscuros tiempos en los que sucedieron terribles acontecimientos como la Nírnaeth Arnoediad, que siempre ha arrojado un halo de sombra en nuestras almas. 

Intuyo que para Ëaredhel también había algún rastro de sombra cuando hablaba de su pasado. No era un tema que compartiera alegremente, ni que relatara a nadie en quien no confiara, y eso me hacía sospechar que albergaba algo de vergüenza por los acontecimientos vividos en el despertar del mundo en su familia. No podría asegurarlo, y tampoco se lo pregunté directamente, pues respetaba nuestra amistad por encima de todo, y ni siquiera mi familia está exenta de mácula en su historia más reciente, pero algo me decía que alguno de sus primeros ancestros cayeron presa de los engaños de Morgoth y fueron parte de aquellos primeros orcos que comenzaron a mancillar las creaciones que brotaron de la música de los Ainur.

Con el paso del tiempo, y al compartir venturas y desventuras durante mi paso por la Tierra Media, aprecié en Ëaredhel ciertas actitudes de la clara predisposición a mediar en los conflictos entre los distintos pueblos élficos de la Tierra Media. En efecto, a pesar de lo que los hombres quieran ver, muchos elfos desconfían de otros, seguramente por la semilla de odio instaurada tiempo atrás, y allí donde Ëaredhel encontraba algún altercado entre nuestros hermanos trataba de contenerlo y resolverlo antes de que pasara a mayores. 

Poco os puedo contar más de Ëaredhel, pues decidió quedarse en la Tierra Media para surcar sus mares hasta el fin de los días en vez de acudir a las Tierras Imperecederas. Se comenta que su destreza con el manejo de su barco, el Aullido de Ulmo, no tienen comparación en la historia conocida, pero eso sólo lo dicen los buenos amigos de Ëaredhel que, como yo, añoramos su compañía. 

martes, 21 de enero de 2025

Mi padre Filas

Vuelvo hoy a vosotros con más historias de mi vida en la Tierra Media, y quiero detenerme hoy en mi padre Filas, hijo de Feltan. Mi padre, a pesar de haberse mantenido fiel a Thranduil la mayor parte de su vida y consagrarla a la protección del Bosque Negro, conoció en su juventud, antes de unirse a mi madre Gilglin,  el amor por el mar propio de los Teleri.

Allá en la primera edad del mundo, cuando la mayor parte de éste se sumía en la guerra por aquellas malditas joyas de Feanor, mi padre aprendió de Cirdan las artes más refinadas en la construcción de barcos. Tal era el amor que mi padre sentía por el mar, que su corazón estuvo a punto de ceder en más de una ocasión y abandonar la Tierra Media. Si eso hubiera sucedido, hoy estaríais ante un papiro en blanco, pues yo no habría nacido.

Pasaron años y años, hasta que se contaron por siglos, y mi padre estaba cerca de ceder a la tentación. Esa cantidad de tiempo puede parecer mucha a vuestros ojos mortales, pero para alguien  de mi pueblo son apenas un instante. Y precisamente eso, un instante, es lo que bastó a mi padre para enamorarse de mi madre. 

viernes, 4 de octubre de 2024

Los restos de Númenor

Permitidme que desde las Tierras Imperecederas os dirija nuevamente la palabra. Es curioso cómo es inevitable echar la vista atrás y recordar episodios de mi estancia en la Tierra Media. No es de extrañar tampoco, pues allí nací y allí he vivido la mayor parte de mi existencia. Aunque mucho os he hablado de mí, creo no haberos hablado nunca antes con el sufiente detenimiento de Gilglin, mi madre.

Las palabras en élfico, lengua Ent o de los hombres se quedan cortas para describir el amor que tenía hacia Genodat y a mí,  y también se quedan cortas las palabras de aliento que recibimos de ella cuando los dos éramos a penas unos imberbes elfos de cien años que teníamos prácticamente vetado explorar el Bosque Negro.


Entre las principales preocupaciones de nuestra madre estaba que tanto Genodat como yo tuviéramos el mayor conocimiento posible de las Edades antiguas. Y una de las lecciones que repetíamos con más asiduidad es la de la caída de Númenor.

martes, 6 de junio de 2023

Los bosques de Ithilien

En mi juventud no fueron pocas las veces en que mi padre Filas nos animó a mi hermano Genodat y a mí a conocer otros lugares de la Tierra Media. "Descubriréis mucho de vosotros mismos yendo a nuevos sitios, conociendo otras culturas y tratando con otras razas. Aunque el bosque Negro es vuestro hogar,  no desprecieis el resto de la Tierra Media. Algún día lamentareis no haberla recorrido más si no os aventurais más allá de vuestra zona de confort."

Esas palabras de mi padre me acompañaron en cada uno de mis viajes por la Tierra Media, especialmente en el primero que colmó mi corazón: Ithilien. Aquel viaje habia comenzado con la visita a Minas Tirith, la cual me pareció una ciudad majestuosa pero sin el gobierno de los reyes de antaño. Los senescales que la gobernaron durante casi toda mi vida no pueden compararse con la grandeza de los dunedain. Tal vez por ello, y por mi amor por los bosques, abandoné la ciudad blanca y me adentré en los bosques que tiempo más tarde serían recorridos por ciertos hobbits a los que tal vez conozcáis. 


Fue en aquellos bosques donde observé desde la distancia a los grupos de arqueros de Gondor que patrullaban la zona. Sus trajes verdes podrían servir para pasar inadvertidos a los ojos humanos, pero yo pertenezco a los primeros nacidos, y los descubrí cuando seguía el sonido del agua de un estanque que según ellos estaba prohibido. 

martes, 30 de mayo de 2023

La fragua de la caverna: junio

Se acerca irremediablemente el mes de junio y me ha pillado con menos material listo que el que esperaba. Por ello, siempre está bien autoimponerme deberes para este mes. Allá va lo que quiero hacer en la caverna. 

Comenzaré por algo que tenía un poco olvidado pero que el destino (y un seguidor de la caverna) ha vuelto a traer a primera línea.  Sabéis que parte del material de Star Wars d6 que tenéis en la correspondiente página del juego de West End Games consiste en fichas de personajes. Esas fichas van acompañadas en muchos casos por aventuras de un jugador a modo de libro juego. Pues bien, todavía tengo algún tipo de personaje para el que no he creado aventura, así que  me pondré manos a la obra rescatando algún borrador antiguo.

viernes, 3 de marzo de 2023

Bindôlin Filadut

Los más veteranos de la caverna sabéis bien que mi alter ego, Bindôlin Filadut, en un elfo sinda que habitó la Tierra Media. Pero ¿de dónde viene? No sé si lo he contado a las claras, pero Bindôlin es mi primer personaje de un juego de rol. Corría el año 2000, y mi grupo de juego se inició en esto de los juegos de rol con MERP. Por aquel entonces, yo no tenía ni idea de qué era eso de un juego de rol "clásico" o, mejor dicho no tenía muy claro cómo jugar (puede que tampoco lo sepa a día de hoy), ya que hay tantas formas de jugar como mesas de juego

Bueno, volviendo a lo que nos ocupa, que me ando por las ramas, todos los integrantes de mi grupo de juego teníamos un estereotipo de personaje en la cabeza, por lo que no íbamos a dejar que el azar eligiese el tipo de personaje que íbamos a interpretar (para los que no conozcáis MERP, os diré que en el manual básico se podría dejar al azar cualquier cosa, incluyendo la elección de la raza del personaje). En mi caso ese estereotipo de personaje era Legolas Hojaverde (siempre me hizo gracia el apellido), al que doté e un trasfondo algo trágico que podéis ver en esta entrada que forma parte de las Batallas del elfo gris, esa suerte de relatos cortos que mezclan las aventuras de mi grupo de juego con otras que marcan todo el camino de este guerrero a lo largo y ancho de la Tierra Media.

A lo largo del tiempo Bindôlin ha sido un personaje muy socorrido para este blog y su trasfondo ha ido aumentando, no sólo en los relatos que os comentaba, sino también en una aventura para el Anillo único que tenéis disponible en la caverna: La llamada del hogar. En efecto, ese Bindôlin que se menciona en la aventura y que adapté para el Anillo único, es "mi" Bindôlin.

jueves, 18 de mayo de 2017

Rumbo a Lorien

En mi más tierna infancia me vi obligado a viajar a muchos lugares de la tierra media con mi padre Filas, mi madre Gilglin,  y mi hermano Genodat. El primero de los viajes que logro recordar fue a Lorien, y he aquí mi relato sobre lo que aquella visita deparó.

Recuerdo un viaje iniciado en mitad de la noche. Mi nos despertó mucho antes de lo acostumbrado, que solía ser al amanecer. "Vuestro padre ha sido reclamando por el rey. Tomad estas ropas y no lo hagáis esperar".


Nuestras quejas no fueron atendidas por nuestra madre, y unos minutos más tarde estábamos en un carro tirado por nuestros caballos más queridos. Sin embargo, aquella no era una ocasión para el juego con ellos. La lluvia comenzó a caer. El golpeteo del agua en las  mantas que nos cubrían era sólo el aviso de las duras condiciones que íbamos a sufrir las siguientes semanas.

Aquel largo viaje, del que no daré ahora más detalles, hizo mella en todos. Especialmente cansada encontré a mi madre. No pensaba en aquel momento que aquella sería una de las últimas ocasiones en las que estaríamos los cuatro juntos. Lo que había sido tan frecuente hasta entonces cambió para siempre tras aquella visita. Pero eso es otra historia.

jueves, 16 de marzo de 2017

Mis recuerdos de Moria

Joven era cuando llegué por primera, y última, vez a Moría. Ni siquiera fue una visita voluntaria. Muy al contrario, fui una suerte de prisionero bajo aquellas cuevas. Lo recuerdo vagamente, pues las tierras imperecederas comienzan ya a confundir mi mente, pero de lo que estoy seguro es que seguía la pista de varios orcos. 

Mi hermano Genodat y yo habíamos perseguido una horda de orcos desde nuestro reino a más allá del Sur del bosque negro. En aquella batida nos acompañaban varios amigos de la infancia a los que consideraba mis segundos hermanos. A todos nos unía la amistad con el príncipe de mi pueblo, aunque vive Eru que agradezco que él no fuese partícipe de esta aventura. 

Llevados por la vorágine y la sed de sangre de orco, nos vimos a las puertas de Moria sin percatarnos de lo lejos que habíamos llegado. Horas más tarde, y sólo después de que mi hermano diese orden de no presentar batalla, estábamos en una celda enana. "No vamos a iniciar una guerra por unos sucios orcos" nos dijo a todo el grupo. Así pues, el grupo de enanos que nos apresó no tuvo que hacer mucho para detenernos. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Hobbits conocidos

Nunca me dejé llevar por la fama de nadie. En mi vida conocí a muchos seres que se podrían considerar famosos. Serví a mi rey, Thranduil, conocí y fui amigo de su hijo Legolas, y hasta en la antigüedad vi con mis propios ojos a antiguos senescales de Gondor. Pero aquella ocasión era especial. Dejé Oatbarton tiempo atrás y me dirigí al Oeste. Mi destino final era las Tierras Imperecederas, pero mi corazón ansiaba toparse con los héroes de la Guerra del Anillo. No me refiero a los hombres de Gondor que dejaron su vida a la sombra de Morannon. Tampoco a los hombres de Rohan caídos en el Abismo de Helm. Me refiero a unos pequeños hobbits que iniciaban un último viaje de despedida, el mismo que yo haría más adelante.


Seguí su estela con la complicidad de Gandalf. El Istari era consciente de mi presencia, pero también sabía quién era yo. Tiempo atrás me topé con él en la espesura del bosque Negro. Estaba buscando a una criatura llamada Gollum, que con posterioridad se revelaría importante para la existencia misma de Arda. El mago echó la vista atrás un momento, se excusó ante sus compañeros de viaje, y se dirigió hacia mí. Mi caballo, que había comprado en Oatbarton, relinchó inquieto hasta ver la luz del anillo que llevaba Gandalf. Estaba a punto de apagarse, pero Narya todavía se resistía a abandonar su poder. 

- El hijo pequeño de Filadut. Recuerdo verte nacer, y recuerdo que me ayudaste con el asunto de Gollum. Lo que no recuerdo es haberte invitado a acompañarnos - mi cara dibujó una sonrisa. Aquello era cierto, pero más lo era mi curiosidad. Alcé la vista y reparé en el hobbit. 

- Es él, ¿verdad? La oscuridad que ha visto supera con creces la que yo he sufrido. Descansará debidamente en las Tierras imperecederas.

- Así es. Pero necesitará recordar su hogar, de algún modo...- Gandalf era astuto como pocos, y muy aficionado a la hierba de los hobbits. Solté una carcajada y le cedí la bolsa de hierba para pipa que había comprado en Oatbarton.

Gandalf se alejó con la bolsa ya metida en su blanca túnica. En aquel momento tenía mis dudas de que algo de aquella hierba llegara a ser disfrutada por el hobbit, pero aquello era algo que podría comprobar con mis propios ojos. Para eso ya quedaba poco, y el pequeño pueblo en el que debía encontrarme con Zanger y los demás ya quedaba cerca. Pero eso es otra historia.  

jueves, 8 de enero de 2015

Un paseo por La Comarca

Recordaba La Comarca como siempre había sido, un lugar alegre y verdoso, pero la imagen que tuve al llegar fue completamente distinta. Lo que otrora habían sido bellos campos, estaban manchados por la presencia del mal. Mi corazón sentía la presencia de la oscuridad a cada paso que daba. Bien es cierto que también notaba que ya había sido expulsado de aquellas tierras, pero su poso perduraba en las tierras de las hobbits.


Continué mi camino hacia el Oeste escuchando el testimonio de muchos hobbits. Tras la segunda versión de la historia, pude atar cabos. Era bastante curioso ver lo confundidos que estaban los medianos sobre la identidad del causante de tanto mal en sus tierras. Erróneamente, muchos atribuían esa situación a Gandalf, y no a Saruman. Tras intentar aclarar aquella terrible confusión por tercera vez, me di por vencido. 

Llegué a Oatbarton. Un sentimiento encontrado me sobrevino, pues la alegría de ver que esa aldea no había sido mancillada contrastaba con el anhelo de tiempos pasados. Todavía recordaba mi última estancia allí, cuando compartía camino con Zanger. La casualidad quiso que la feria de hierbas de los hobbits que se celebró en aquella última ocasión estuviera siendo reeditada. Miré las hierbas disponibles y compré un poco para tener de recuerdo. Al fin y al cabo, puede que la necesitase en el siguiente destino de mi viaje...

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mi última visita al poney pisador

Proseguí mi camino hacia el Oeste, observando los últimos coletazos de la Guerra del Anillo. Aquí y allá mucha gente me miraba con desconfianza, como si un elfo fuera un peligro después de lo que había azotado a la Tierra Media. En otras ocasiones, tan pronto como me veían aparecer, muchos pensaban que estaba huyendo de los orcos. Nada estaba más lejos de la realidad, pues la gran batalla en la Puerta Negra había permitido al portador del anillo concluir su misión.

Proseguí hasta las inmediaciones de Bree. Aquella siempre me pareció una ciudad hostil. Todavía hoy, en la calma de las Tierras Imperecederas, me estremece recordar a algunos sujetos que me encontré en sus calles: gentes de mal vivir, pillos, ladronzuelos, pero también hobbits viajeros y, en el mejor de los casos, algún elfo que buscaba el Oeste.

Cuando llegué aquella última vez al Poney Pisador me invadió una extraña sensación. Por un momento sentí tristeza por no ver más a Mantecona. El tabernero había envejecido en demasía, incluso para vuestra humana mortalidad. No me reconoció, no porque yo no hubiera estado allí antes, sino porque su memoria empezaba a fallar. Me senté en un rincón y pedí una jarra de vino especiado.


La gente entraba y salía montando jaleo. Al parecer estaban comentando cómo los hobbits habían expulsado el mal de sus propias tierras. Incluso, se hablaba de la muerte del mismo Saruman a manos de su más estrecho secuaz. Presté atención a cada detalle de la posada, tratando de atesorarlo en mi memoria. Sabía que eran mis últimos momentos allí, y no tardé en reparar en cuatro hobbits que parecían celebrar el próximo matrimonio de uno de ellos.

Apuré mi jarra de vino y pedí una habitación a Mantecona, que sólo entonces pareció acordarse de mí y de mis gustos. 

- ¡Ah! La habitación de la ventana que da al Oeste, ¿no? Creo que ha tenido suerte, ¿señor...?
- Filadut- le respondí. Acto seguido subí las escaleras y llegué a la habitación. Al contrario que Mantecona, no había cambiado un ápice.

lunes, 6 de mayo de 2013

Al Oeste

Al Oeste, siempre me gustó ir hacia allí. No sabía muy bien por qué, pero al final de ese viaje quedaría marcada a fuego en mi corazón la razón de aquel impulso. Llené mi carcaj, ajuste mis botas, afilé mis dagas una vez más, y avancé.

Atrás quedó Rivendel, donde dejé amigos que durarían una eternidad. No exagero en la expresión. Cuando abandoné la Tierra Media mucho tiempo después, allí estaban, junto a mí en el último viaje, en el último hogar que he tenido y tendré. Quién sabe si aquella amistad forjada en la Tierra Media habría florecido en las Tierras Imperecederas. Sin embargo, y por fortuna, ese pensamiento no tiene cabida.



Volviendo al principio de aquel camino al Oeste, atrás quedaron las Montañas nubladas. En sus cumbres, las águilas anidaban trayendo con su batir de alas el olor del Bosque negro. Seguramente verían en sus vuelos uno y otro lado de la montañas, La Carroca, a mi viejo conocido Beorn... La nostalgia me golpeó una vez más, pero el horizonte esperaba, así que no me demoré más. 

Llevaba varias horas de camino en ese terreno llamado espesura que cubre lo que la vista de un humano alcanza. Para mí, parte del pueblo de los que despertaron en Cuiviénen, mis ojos me llevaban más allá, a la aldea de Bree, al Brandivino, a la Comarca, pero quedaba mucho para eso, y yo sólo había iniciado la marcha.

jueves, 4 de abril de 2013

Rivendel

Mi llegada a Rivendel con mis hermanos de armas fue más placentera que el final de la batalla en Harad. Allí, bajo un abrasador sol, los elfos obtuvimos una gran victoria. Sólo entonces supe de la verdadera intención de mis primos de Rivendel, que no era otra que vengar la muerte de uno de los tenientes del mismo Elrond, muerto a manos de los haradrim en el solsticio de Invierno. 


Durante el camino de vuelta a Rivendel, al que me había incorporado como uno más por haber compartido arco y acero con mis parientes lejanos, se rumoreó incluso que Elrond había acudido de incógnito como parte del contingente de su pueblo. Sin embargo, creo firmemente que su última batalla fue en el Monte del destino. Cuando uno ha luchado contra el señor Oscuro, poco le place participar en batallas. 


Pocas veces me sentí más cómodo en la Tierra Media que como lo estuve en aquella primera vez en Rivendel. Añoraba, como no podía ser de otra forma, el palacio de Thranduil en el Bosque Negro. Sin embargo, las antiguas tradiciones de los elfos me llamaban poderosamente allí. Me interesé por la forja y las técnicas empleadas por los elfos del lugar. Años más tarde explicaría a Zanger, con absoluto deleite para él, mucho de lo que vi en Rivendel. 

"Demonios, elfo. Cuan ingenioso es ese pueblo hermano tuyo. Sin embargo, forjar es sólo una tarea más que se debe dominar. Convendrás conmigo que excavar la roca para crear las cavernas de tu rey es todavía más digno de elogio". 

No recuerdo exactamente cuánto tiempo estuve en Rivendel, pues el tiempo corre de modo distinto en aquellas tierras protegidas por Vilya. Lo que sí puedo afirmar es que cuando partí de allí, dejé algo de mi propio ser en esas tierras. A pesar de ello, me abrí un nuevo camino en la Tierra Media, al Oeste, sin vacilar, un viaje que marcaría mi existencia eternamente.

viernes, 8 de marzo de 2013

Batidores

El grupo de elfos avanzaba con premura hacia el Este. Un contingente de aquel tamaño formado por cualquier otro tipo de seres habría provocado una polvareda sin precedentes en aquel vasto desierto. Sin embargo, nosotros éramos y somos elfos. Nuestro paso es liviano en cualquier superficie, y tan sólo nuestro olor, arrastrado por el viento y captado por una criatura de increíble olfato, habría delatado nuestra presencia. Ni siquiera la claridad del terreno que atravesábamos, en el que cualquier mancha en la lejanía destacaba, era obstáculo para nosotros, pues nuestro atuendo era de color arena.

Tomé la iniciativa del grupo, avanzando mi posición hasta la vanguardia del mismo. Jamás he rehuido la batalla ni el peligro, y aquella no iba ser ni mucho menos la primera vez. Junto a mí, a lomos de caballos que parecían quejarse de la sequedad del terreno, estaban Funder y Kabez, dos elfos noldo lanceros con los que rápidamente entablé amistad. Nunca me sentí a disgusto con mis hermanos de Rivendel, pero bien es cierto que los elfos silvanos y los sinda más de una vez han sido reticentes a establecer lazos de amistad con nuestros parientes de la casa de Elrond.

Tras unas horas junto a Funder y Kabez, apreciamos unos vastos emplazamientos en la lejanía. Sin duda, aquella visión merecía un estudio más exhaustivo. No pasaron ni diez segundos antes de que se ordenase una batida para inspeccionar con exactitud qué peligro real suponía aquel enclave. Rápidamente se formó un grupo de elfos a pie, a los que me uní voluntariamente.


No llevábamos más de trescientos pasos cuando todos nos percatamos qué era aquel lugar. Sin duda alguna, los hombres de Harad estaban allí, perfectamente preparados para repeler cualquier ataque, de un grupo que no tuviera el valor de mis hermanos... Los mumakil campaban a sus anchas en la inmediaciones del lugar. Jamás me sentí tan pequeño como viendo aquel día a aquellas enormes bestias. Hicimos una señal a nuestro grupo, y sabíamos que la guerra había llegado... 

jueves, 14 de febrero de 2013

Rumbo a la guerra

El grupo de elfos pronto me acogió. Las razones de mi presencia en las tierras cercanas a Umbar, aunque extraña para ellos y oculta deliberadamente por mí, no era ni mucho menos de su incumbencia. Al menos eso es lo que me dijo Eäredhel tras dirigirme unas sentidas palabras sobre la muerte de mi hermano.

Mi rumbo, una vez más, cambiaba. Aquel grupo viajaba hacia las entrañas de Harad. Y allí me dispondría yo a ir. La guerra llamaba, en una batalla que se desarrollaría sin pena ni gloria, pues pocos han reparado en ella y casi nadie plasmó nuestros logros en la tinta de los pergaminos. Lo mucho o poco que se conserva de aquel enfrentamiento son estas pocas palabras, estos escasos detalles que he conseguido extraer de mi cansada memoria. Hoy no os contaré el resultado de la lucha, sino el camino por las duras tierras que recorríamos.


El grupo avanzó con presteza, al menos toda la que permitía el duro clima al sur de Mordor. La presencia de esa negra tierra, amenazante a nuestra izquierda, angustiaba nuestros corazones. Sin embargo, los primeros nacidos estamos hechos de una pasta diferente a la de los hombres. El temor quedó largo tiempo atrás olvidado, como si la maldad en la Tierra Media no pudiera ser mayor que la vivida en la Nirnaeth Arnoediad, y nada ni nadie debería detener nuestros pasos.


De repente, en la lejanía comenzamos a vislumbrar una gran tropa. Allí estaban, recorriendo el desierto bajo un sol de justicia más hombres haradrim de los que había visto en mi vida. Su oscurecida tez les protegía de los violentos rayos de sol. Y allí, a lomos de esas terribles bestias de guerra llamadas Mûmakil, avanzaban hacia el interior de Harad.

- El enemigo se refuerza, pero nosotros no seremos pocos- dijo Eäredhel.

Miré a mi espalda, y donde antes no había sino arena, cientos de elfos en blancos caballos custodiaban nuestra retaguardia. Tiempo después supe como habían llegado hasta allí tantos hijos de Rivendel, pero esa es otra historia.   

viernes, 1 de febrero de 2013

La fragua de la caverna: febrero

Comienza el segundo mes del año. ¡Cómo corre el tiempo! Parece que hace dos días estábamos celebrando las Navidades, y ya ha pasado un mes en el que ha habido bastante actividad en la caverna. 

Los proyectos y entradas programados para febrero pasan por lo habitual: Rick Rodgers llegará a Coruscant, donde le aguarda más de una sorpresa que descubrir. Espero que vosotros también queráis saber de ellas. 


Por su parte, una nueva entrega de las aventuras de Bindôlin nos llevará a explorar las peligrosas tierras de los alrededores de Umbar. Seguro que recordáis su última trifulca con los orcos, y la ficha de su personaje para El Anillo único. 

martes, 8 de enero de 2013

Sangre de orco

Corrí hacia los orcos. El éxito de mis plegarias a los valar para que mi caballo no huyese fruto del miedo se vería más tarde. Sin embargo, lo que más me importaba ahora era tratar de salvar la vida a los lugareños asediados por las inmundas bestias de Mordor. 

- ¡Socorro!- escuché gritar a un hombre que estaba tendido en el suelo. Las carcajadas del orco que lo acechaba murieron ahogadas en una flecha que le atravesó la garganta. Sin embargo, yo no había armado mi arco todavía. Desconcertado, miré a un lado y a otro. 

Fue un momento después cuando me percaté de quién había atacado. Se trataba de elfos. No eran elfos de mi pueblo, sino gentes de Elrond, sin duda alguna. Allí, lejos de Rivendel, en la oscuridad de aquel día, su presencia fue como un rayo de luz que traía esperanza a aquellas gentes.


- ¡Ayuda!- gritó una mujer que trataba huir de unos orcos con su hijo en brazos. Aquella no era una buena idea, pues los orcos corren llevados por el frenesí de la batalla hasta el confín del mundo. Por fortuna para aquella mujer mi espada fue más rápida y certera que las cimitarras de los orcos que estaban más cerca de ella. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

Tierra de orcos

Mi caballo relinchó de manera estruendosa. Bajo el intenso sol de la mañana, la bestia parecía decir basta. A juzgar por su ritmo, cada vez más pausado y dubitativo, el esfuerzo de más de seis horas trotando había sido excesivo. Pensé durante unos minutos qué podía hacer. Dejar el caballo a un lado e ir a pie parecía una locura. El clima en esa zona de la Tierra Media no lo aconsejaba. Sin embargo, no quedaba muy distante la ciudad más cercana. 


Bajé del caballo, y compartí con él mi odre de agua. El animal hubiera querido beberse todo el contenido. Sin embargo, aquello sólo habría demorado su marcha en espera de más líquido. Relajé al equino acariciando su crin, y le forcé a seguir la marcha a paso lento, aunque esta vez yo iba caminando para aliviar a la bestia.

sábado, 1 de diciembre de 2012

La fragua de la caverna: diciembre

Llega diciembre, último mes de un año 2012 que ya casi toca a su fin. Pronto llegará el momento de realizar recopilaciones anuales y sacar algún material especial con motivo de Navidad. 

Estoy ultimando el recopilatorio de Oscuridad Perpetua, la obra única donde se publicarán las tres aventuras de la primera gran campaña de caverna de rol para Star Wars d6. Espero llegar a tiempo para dejaros un buen regalo de Navidad, aunque voy algo justo de tiempo. 


Otras recopilaciones en las que pienso versan sobre las aventuras de Bindôlin y de Rick Rodgers. Para el elfo del Bosque Negro había pensado en una sucesión de los relatos sin más, tal vez acompañados por ilustraciones de John Howe. Sin embargo, para el caso del capitán de la Valley querría hacer algo más elaborado que espero que os guste. 

viernes, 16 de noviembre de 2012

Mi marcha de Umbar

Umbar tenía poco o nada que ofrecerme tras mis últimas averiguaciones. El muchacho al que buscaba no había sido retenido contra su voluntad, y mi conciencia me indicaba que lo mejor era dejar estar esa situación.  

Me tapé el rostro con mi capucha para ocultar mis rasgos. Nuevamente, pertenecer al pueblo de los primeros nacidos, aquellos que despertaron en Cuiviénen, tenía sus desventajas. Es una máxima que siempre ha estado presente en mi vida, sobre todo en tierras tan cercanas a la sombra de Mordor. La sombra de Mordor. Notaba la oscura presencia del mal no muy lejos de allí. Rápidamente asocié esa idea a Gondor. Unidos por la cercanía de Minas Morgul y de Osgiliath, los nombres de Mordor y Gondor han ido siempre de la mano. Tal vez fuese buen momento para visitar nuevamente el país de piedra. Sólo tenía que pensar en cómo llegar allí, y emprender el viaje lo antes posible. 


Alcé la vista al cielo. A juzgar por la posición de la luna la ciudad dormiría unas cuantas horas más. Aquello era un arma de doble filo. Por un lado, nadie notaría mi marcha hacia el norte, por lo que no haría falta que me ocultase. Por otro, necesitaba algún medio de transporte para marcharme, pero no podría lograr ninguno hasta el amanecer. Al menos, no de modo legal.