Recuerdo con gran nostalgia mi época más rolera. Me pilló con unos 17 ó 18 años. Jugar a rol, en mi caso MERP, suponía un atractivo sin igual. Recuerdo cómo contaba los puntos de experiencia de mi elfo sinda, el archiconocido Bindôlin, en la frenética carrera por ser el mejor y más rápido del grupo en llegar al segundo nivel.
A decir verdad no recuerdo muy bien si lo conseguí yo o fue alguno de los otros integrantes del grupo, pero en todo caso me quedé bastante chafado. Cada vez que subía un nivel, y llegué a un total de siete, veía que a mi pj le faltaba un poquito para ser todo lo letal que quería.
Así pues, como buen guerrero me centré en las habilidades de armas, ya que no quedaba otra opción por el sistema de desarrollo de MERP. Mi espada mágica siempre me ayudó, aunque mi ataque preferido era el arco, ya que con un bonificador por AGI +45 la vida siempre fue más fácil que la de mi compañero enano.
Llegó un momento en que ese afán desmedido por subir niveles restaba gracia al juego en sí y he aquí que, junto a una serie de factores de distinta índole, abracé la dirección de juego. Quedó atrás la preocupación por los niveles, y llegó la aventura de la dirección.
A decir verdad no recuerdo muy bien si lo conseguí yo o fue alguno de los otros integrantes del grupo, pero en todo caso me quedé bastante chafado. Cada vez que subía un nivel, y llegué a un total de siete, veía que a mi pj le faltaba un poquito para ser todo lo letal que quería.
Así pues, como buen guerrero me centré en las habilidades de armas, ya que no quedaba otra opción por el sistema de desarrollo de MERP. Mi espada mágica siempre me ayudó, aunque mi ataque preferido era el arco, ya que con un bonificador por AGI +45 la vida siempre fue más fácil que la de mi compañero enano.
Llegó un momento en que ese afán desmedido por subir niveles restaba gracia al juego en sí y he aquí que, junto a una serie de factores de distinta índole, abracé la dirección de juego. Quedó atrás la preocupación por los niveles, y llegó la aventura de la dirección.
